Haciendo por olvidarla

Manongo Sterne había escuchado esa colpa que, ahora, por razones encarnadas en piedra y camino, había reemplazado por completo la forma en que lo hacía sufrir la Rapsodia de Rachmaninoff sobre un tema de Paganini. La escuchó muy de paso por la radio, de la misma manera en que el tema de Paganini lo escuchó la primera vez únicamente como música de fondo de una historia de amor en el cine. Después ese tema fue una obsesión y después fue lo que requetefué: el miedo al dolor y el dolor al miedo, el sentimiento del amor cuando éste se muere en Europa y uno es adolescente herido en la platea de un cine y es James Mason bajo el ala de un sombrero, tumbado de dolor en una perezosa desparramada en la cubierta de un trasatlántico.

Y ésta sería para Manongo la única forma de explicar cómo pasó de escuchar, así de paso en una radio y al correr la aguja por el dial, a alguien que estaba haciendo por olvidarla. Pero sonó duro, sonó real, mas era breve la copla y ya se había ido hasta su eco de dolor aquí del todo dentro. Haciendo por olvidarla: ese vago recuerdo que mucho no duró.

No, no duró mucho y hay que saber por qué. Hay que saber que Manongo hacía por olvidarla porque Tere, yéndose para siempre, cata que es para siempre, Manongo, sobre todo tú que naciste chambón, torpe, negado para olvidar(la), cata un MG rojo y tan pero tan visible, hirientemente descapotable, descubierto para que tu descubrieras la realidad de nadie que se la llevó para siempre, sin poder decir ni siquiera que fue la maldad y atenuar así la pena y dejarla, con muchísima suerte, sólo en tristeza.

Y los grandes amores, siempre que se van para siempre, dicen cosas hediondamente prácticas, cosas de gran sentido común, dicen algo que nada tiene que ver con el que se queda catando un MG rojo, por ejemplo.

Entonces dicen, con una lucidez que no conviene al momento, que a un amigo tuyo llamado Adan Quispe le van a dar una paliza tras otra en el YU ES EI de sus sueños compartidos contigo. No con ella, la brutalmente realista, para que cates otro poco más de la pena que ni siquiera sentirá.

Y digamos que tú entonces inventas mil peleas de catchascan, haciendo por olvidarla como en aquella canción. Y aún no sabes que la oíste mal y por eso has podido hacer que surja Kid Corralón, alias "El Invicto". El que nunca será desnutrido, ni mucho menos enano, ni por supuesto enclenque, ni tampoco feo, ni muchísimo menos y jamás de los jamases cholo y peruanito.

Entonces, aunque mis amigos me miran a fondo y me estudian con tanto y tanto cariño, yo no dejo que me vean el fondo. Porque ahí se ve, Adán, cómo Tere se va, se va, cómo vivo catando que se me va. Tus razones y tus sueños se impondrán sobre sus frías opiniones. Quiero decir, amigo, que tu manera de ganar ahí donde ella vaticinó palizas de muerte en el ring, vencerá por la vía del sueño. Tú ganas y yo gano contando de tí. Hago pues, por olvidarla, porque tu alegría y la felicidad de saberte en tus triunfos me invade hasta llenar esa zona en que mis amigos y la vida que me rodea estrellan su vista en nuestra alegría empozada en mi dolor, cubriéndolo, velándolo, recubriéndolo de una espesa capa de sonrisa, de palabrería y de narraciones y cuentos y más cuentos (ni siquiera se nota que estoy perdiendo mucho peso, Adán). Y así el dolor no se puede escapar, amigo, y sale alegría del fondo de mi dolor, de todo ese catar mío en el que nunca más amanecerá. Entonces mi dolor no se ve ahí donde normalmente están esos dolores y la gente los busca.

Pero no hubo belleza final ni gloria de amigos que se volverían a ver y de pronto, Adán, ya no tuve cómo hacer por olvidarla. Fue una tarde y una voz y dos guitarras que se fueron conmigo por el mundo. Al cante, Porrina de Badajoz, guitarras: Melchor de Mairena y Pepe de Badajoz. Una malagueña que fue música de fondo me corregía aquello de Haciendo por olvidarla, porque resultó que la versión correcta era Haciendo por olvidarte.

Siento ganas de irme del Perú y de conocer Badajoz y de oír cantar y tocar a esa gente que me corrigió hasta el recuerdo, tornándolo más cruel. Tu triunfo en YU ES EI, amigo, me ayudaba a haber perdido a Tere. Pero un día, Tere, Adán ya no me ayudó ni con esa esperanza. Yo había querido reír por delante de nuestros recuerdos, de nuestros tres años, ocho meses y trece días juntos, de nuestro como nadie es así, para que no los viera la gente. Yo había querido reír para que la gente no viera que todo eso se había cruelmente acabado (en fin, una forma más de decirlo, mi amor, probando palabras blancas sobre recuerdos atroces, sobre que bastó un MG para que nunca más pudiera ser uno más entre mis amigos, como mis amigos)

¿Fui orgulloso en hacer por olvidarla, Tere, como si fueras algo impersonal, algo en tercera persona y no la primera persona siempre para mí, algo no bañado para siempre en nuestra Historia de tres amores y Tyrone y Pájaro y el gordito Cisneros y mi Cholo José Antonio? Un amigo falló como tú pronosticaste y aunque lo suyo fuera sólo fallar a la cita con sus triunfos y nuestro reencuentro y Adán Quispe hoy sólo haya sido ya para siempre nada más que un encerador karatequita de mierda que se fue, lo que canta precioso Porrina de Badajoz, mi amor, haz por catar una sola vez en la vida, siquiera, es Haciendo por olvidarte.

Y digamos que dice así entre aquellos nuestros aromas y tu nariz respingada y tus pecas y tu pelo corto y tu sonrisa y cada cruel precisión de día, hora, lugar, compañía, minuto, temperatura, tu traje, tus pantalones toreador de aquel ataque de celos mío, de quién iba a ser, pero mira, yo te sigo durando, Tere, yo era traumático y posesivo y celoso y trascendentalote pero ahora soy el que seguiría soñando para siempre y tú la encantada de la vida sin que yo pueda precisar más que el tamaño irreparable de mi espera y de mi infantil (¡Me río de esa palabra! ¡Qué me importa esa palabra, mundo entero!) y perfecta devoción, bien chambón para olvidarte, Tere... Osea que dice así:

Haciendo por olvidarte
Yo creí que te adelantaría

Y haciendo por olvidarte
Cuando pasaron tres días
Como un loco fui a buscarte
Porque sin tí vivir no podía